“Sudeste”, Conti y los ríos de la memoria

sudeste_101Sinopsis: La película muestra un capítulo de la vida de “el Boga” un adolescente solitario que habita en el Delta. Tras la muerte del Viejo con quien vivía, comienza a peregrinar por distintos parajes de la zona, hasta que encuentra un viejo barco y se establece en él. En los días en que lo está restaurando, entra en su vida “el Pampa” y lo incorpora a su pequeña banda para la organización de un robo. De una manera pasiva, el Boga participa del robo, que culmina con la muerte de todos los integrantes de la banda.

 

Aclaración:

El siguiente texto no es un análisis desde el punto de vista del analista de cine. Son apenas una serie de ideas propias acerca de la simbología del agua y del río que fueron sugeridas por la obra Sudeste de Haroldo Conti y la película que sobre esta novela filmó Sergio Bellotti.

 Sudeste.

Pequeña introducción

Desde hace mucho tiempo, la vida de los hombres del río y de las islas constituyó un fuerte foco de interés para la narrativa argentina.

Una obviedad: de hecho, los primeros libros que se escribieron sobre la Argentina, son los relatos de los navegantes de los ríos. Schmidl, Del Barco Centenera, etc.  Cuentan sus desventuras en tierra, pero fundamentalmente, la navegación del Plata y el Paraná y cómo a través de ellos fueron internándose en el espacio incógnito sobre el cual el imperio asentaría su dominio. 

A comienzos del siglo XIX, Manuel J. de Lavardén, un intelectual iluminista inauguraría el género litoraleño, con su “Oda al Paraná” en una etapa en la que ya se vislumbra a los ríos como canales impulsores del progreso.

Durante el siglo XIX, fueron intensos los debates en los cuales se discutía si se debía permitir a los extranjeros la navegación de los ríos “interiores”. No es necesario profundizar demasiado para comprender en este debate y más allá de cuál fuera la respuesta que se le diera -es decir si debía o no permitirse la navegación  de esos ríos- que los cauces de agua eran considerados parte integrante de lo que se denominaría luego el “territorio nacional”.

Ya en el siglo pasado la obra de Fray Mocho “Un viaje al país de los matreros” nos ofrece una descripción de quienes viven en la isla como habitantes de una zona con determinadas particularidades. Más adelante, la torturada escritura de Horacio Quiroga y las amables descripciones de Mateo Booz, marcan desde aquellos comienzos de siglo lo propio de esa vida no colonizada, de quienes aceptan vivir sumergidos en un espacio que parece dominado casi exclusivamente por la naturaleza. El río, que ha sido el canal por donde el progreso entró a nuestro país y por donde salían las riquezas que nos vinculaban al mundo, nos mostraba también la vida de esos hombres y mujeres que vivían sus vidas en el río, pero no en el puerto… La vida del puerto es otra cosa absolutamente distinta. La portuaria es una zona que está más afuera que adentro del río, es la muestra del cosmopolitismo absoluto, de hombres que llegan y se van, del gran comercio y de la ciudad. El del puerto es un ambiente definitivamente urbano.

Pero hoy se hablará de la vida en la isla. Una vida naufragada en contacto permanente con la civilización de tierra firme.

Mucha de aquella buena literatura será llevada al cine. El cine, esa nueva forma de narrar que encontró el siglo XX, también iba a brindar su visión sobre el río, desde muy temprano.  Es así, que Mario Sofficci se inspirará en Horacio Quiroga para su “Prisioneros de la tierra” y por supuesto “Las aguas bajan turbias” de Hugo del Carril sobre el libro de Alfredo Varela, y “Los inundados” sobre el cuento homónimo de Mateo Booz

Una perspectiva diferente surge hacia 1950 con dos libros que además expresan una experiencia de vida diferente de todo lo anterior. En ese año, Liborio Justo  (el histórico trotskista argentino, hijo de Agustín P.) publica su importante “Río Abajo” llevada al cine por Enrique Dawi en 1960. Poco después de ese año, Haroldo Conti, autor de la novela Sudeste, que hoy nos interesa comentar, se traslada a vivir a las islas del delta del Paraná, en la zona del Tigre y comienza a incubarse la novela que hoy nos interesa en su versión cinematográfica.

Son dos obras que tienen mucho en común.

En primer lugar, la experiencia de vida que las sustenta. Ambos autores comenzaron por posicionarse (y no en sentido figurado) en las islas mismas donde transcurrirán las historias de vida sobre las que van a escribir. El registro de Justo es más bien documental, por cuanto menciona permanentemente nombres propios con apellidos, linajes, e historias que se presentan como reales. En cierta medida, Conti apela al realismo, por cuanto su registro se demora describiendo cada detalle de las embarcaciones, las marcas de los motores, etc. En este exagerado realismo, hay una pretensión de verosimilitud, que no confundiremos con lo documental.

Por otro lado, y aquí la diferencia entre estos dos libros y otros libros similares, el escritor se reconoce como habitante de la isla y no como un mero visitante.

Eso sí: de lo que se trata en estas narraciones es en describir un río que es visto desde una canoa y no desde un transatlántico, ni mucho menos desde un buque cerealero. Porque acá estamos hablando de dos escenarios que tradicionalmente han sido pensados como espacios “anómalos”. El agua. Las islas. Ese lugar que estando quieto transmite la sensación de estar en permanente movimiento. Muchos autores hicieron su propio “viaje” (real o imaginario) a esa “frontera interior” que es la zona de los ríos, incluyendo obviamente, sus costas y la zona de islas. Nos interesa hoy hacer hincapié en la obra Sudeste.

 

El río, el origen.

Una escena al comienzo de la película, inmediatamente nos remite a una de las simbologías más fuertes del agua. El mito del agua purificadora. El Boga (personaje central de la obra) se baña en las aguas del río, como preparándose para lo que será el comienzo de una nueva vida. Una transición hacia la adultez, que en el caso del Boga va a significar poder “bogar” por el río sin obligaciones, sin ocupación fija y lo que luego implicaría el descubrimiento del sueño del propio lugar, el “Aleluya”. No es casual que se trate de un barco y un barco abandonado. Me refiero a dos aspectos: se tratará de un “lugar” móvil, dentro de su otro “lugar” que es el delta y es un barco abandonado, es decir se trata de un lugar que otro ha dejado, el Aleluya no nació con el Boga, y tiene un origen tan desconocido como él. 

Conti nos propone una paradoja que se refleja en la película. Se nos ofrece una historia que transcurre mayormente en el agua, (de los elementos de la naturaleza, el que nos remite inmediatamente a los orígenes de la vida) y sin embargo, el personaje central, no lo tiene, (los viejos con los que él vive no son sus padres, lo que funciona como diluyendo su pasado) y el barco que él va a apropiarse, tampoco. Podrá decirse eso sí que al menos, el barco tiene un nombre, Aleluya! fue nombrado, ahí hay algo parecido a un origen, hubo un bautismo. En el caso del Boga, el nombre lo vuelve uno más de esos habitantes naturales del río, un pez. Si hay un origen entonces para el Boga, ese origen será el agua del río, que es de donde vienen las bogas. Quedamos así, entonces: el origen del Boga está en el agua, a falta de mayores informaciones acerca de un linaje. Nos conformaremos pensando que, como a las bogas, el río (que es la vida que camina diría Carabajal) lo ha llevado río abajo, y allí se ha quedado.

Se verá luego con la aparición de otros hombres, de los de ‘tierra firme” la diferencia radical de unas personas y otras. 

 

Boga-Caronte, Boga carente.

Hay una escena muy importante en la película. Es la escena en la que el Boga carga el cadáver del viejo en el bote, para ir a arrojarlo en las aguas del Río de la Plata. Esa escena no está en el libro de Conti, pero está en la película. 

Trajimos a Caronte a esta historia y explicamos porqué. Él tenía la tarea de llevar las almas de los difuntos y los trasladaba (a cambio de un óbolo) cruzando las aguas del lago Estigia. En la antigüedad, se enterraba a los muertos con una moneda, para que le pagaran a Caronte ese traslado. Sólo los muy pobres no podían cruzar el lago, al no tener con qué pagarle al piloto. Aquí el Boga realiza con el viejo la ingrata tarea de Caronte, cuando lleva el cuerpo del viejo río abajo para darle arrojarlo al río. Hemos visto que, de alguna manera, arrojar al río es devolverlo a la vida, ya que el río ha funcionado siempre como representación misma de la vida en su fluir permanente.

Pues bien. Marcada diferencia entonces en la escena de la muerte del Boga. El Boga muere en la barca, efectivamente. Pero muere solo. No tiene ni siquiera quien lo acompañe en ese momento postrero. La soledad y la pobreza del Boga no necesitan de otra imagen para quedar instalada con suficiencia en el espectador.

 

El río, el fin.

En ese movimiento perpetuo que el río ofrece, puede traer él mismo las complicaciones. De hecho, logra complicar los días del Boga.

Cuando el Pampa aparece herido en el Aleluya, y el Boga lo ayuda a curarse, comienza a gestarse una cierta subordinación hacia este hombre venido de tierra firme. El Pampa se viste, habla y vive distinto. La aventura que inaugura es de otro orden. Se desata así otra fase (que implica una aceleración del tiempo) en el relato que desatará el final de la tranquila vida de río, para pasar al delirio propuesto por estos hombres de ciudad. Es una corriente que arrastra al Boga sin él quererlo, pero a la cual no se puede resistir. Es más, ni siquiera lo intenta. Ofrece una y otra vez la colaboración que se le exige para llevar adelante un plan que no le pertenece y del no queda muy claro qué provecho podrá obtener.

Una encrucijada en el río será entonces el escenario en el cual se dará el desenlace de todos este enjambre. El plan organizado por el Pampa fracasa ¿por desconocimiento de la escena? Queda sugerido. Lo cierto es que en la balacera final, los inexpertos malandrines mueren uno a uno. El Boga alcanza a subirse a su barco para comenzar allí su agonía. Una muerte que llega lentamente en el navegar de la lancha (en el “bogar” por el río). Un momento de la muerte que se disuelve (como los orígenes mismos del Boga) porque morir en el río, sabemos, no es morir definitivamente: sólo postergar el momento de la muerte hasta el momento en que el “río se detenga” como dice el poeta. Es más: no hay Caronte –como ya dijimos- para brindarle a esta muerte pobre el entorno protocolar que pudo haber tenido, y que el Boga le dio a la muerte del Viejo.

 

Memoria

La parábola trágica de la historia argentina, nos va a ofrecer la posibilidad de darle una vuelta más de tuerca a esta reflexión y el agua, una vez más, nos muestra su potencia y su presencia para interpretar la vida y las expresiones artísticas. 

Los Carontes argentinos no iban en barco, iban en avión, y arrojaban a sus víctimas al Río de la Plata. En muchos casos tras haberles sacado no un óbolo, sino todas sus posesiones materiales. Los mismos que asesinaron a Haroldo Conti, arrojaban al río a sus víctimas, con la pretensión de hacerlas “desaparecer”. Ignoraron que el río -como la memoria- es un cauce en constante movimiento y no en vano ha sido en muchas civilizaciones el símbolo mismo de la vida eterna. En algunos casos, la corriente trajo los cuerpos muertos a la costa. En otros casos, el articulista trae la memoria viva de las cosas que el río no ha matado. ¿Cómo iba a suponerse que el mismo río al que Conti se fue a vivir en la década del ‘50 sería años más tarde el escenario de algunos de los hechos más aberrantes de la historia argentina, al que irían a parar los que sufrieron el mismo destino del escritor?

Para quien se atreva a sortear sus bajantes y desbordes, los ríos de la memoria serán siempre un camino que habrá que recorrer para conocer nuestra vida como país y también –es nuestro intento de hoy- la hermosa tradición literaria y fílmica  que tenemos en la Argentina.

La historia del agua es la historia del hombre. La cultura argentina tiene mucho aún por escuchar de aquello que los ríos tienen para decirnos.

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