Inundaciones de ayer ¿y de hoy?

Cuesta explicarles a los más jóvenes nuestra pena ante el fenómeno de las inundaciones, que ocurren en lugares lejanos. Cuesta convencerlos de que ese hilo de agua oscura que es el arroyo Ludueña, en algunos momentos durante la década del 60, 70 y 80 fue un increíble y violento caudal que durante varios días circulaba por las calles de Empalme Graneros, Barrio Belgrano y Arroyito arrastrando todo lo que encontraba a su paso: autos, muebles, vacas, caballos y vidas.

Pero es así, ese era el miedo que todos los abriles y noviembres torturaba a los habitantes de la zona noroeste de Rosario. ¿Está lloviendo en Pérez? ¿y en Zavalla?, porque esa era el agua que después bajaba a Rosario, y rebasaba en esos barrios rosarinos.

Entonces, la culpa de las inundaciones la tienen primero, la lluvia y luego, el arroyo. Veamos…

No culpes a la lluvia

Pero ¿Cuál es la dinámica de este asunto?

Bueno, pues resulta que en esa época, cuando llovía en los campos que ahora son Pérez, Funes, Empalme, Arroyito (imaginemos esos campos sin esos barrios construidos) el agua caía a la tierra que la absorbía, obviamente. Ahora, si llovía mucho, la tierra no absorbía, entonces, la pendiente natural llevaba el agua de los campos al canal del arroyo que veía crecer su volumen hasta llenar la barranca (todos podemos ver la pequeña barranquita del Ludueña en cualquier lugar que lo contemplemos hoy) y si era demasiada agua, pues se inundaban los campos aledaños y ya.

Pero bueno, llegó el siglo XX y Rosario creció. Uno de los vectores de la expansión de Rosario era el camino hacia Alberdi. Allí justamente se construyó el “puente Arroyito” (todavía los viejos llaman así a la esquina de Juan B. Justo y Alberdi). Los otros vectores serían las vías del Belgrano, (que aún están) y del Mitre cuyo recorrido puede verse ahora en la avenida De la Travesía. Pero había allí un terraplén, muy alto, justamente, para que las crecidas del arroyo no complicaran el tráfico de los trenes.

Y así se fueron construyendo los barrios pobres y baratos, para los pobres de aquel Rosario, al borde mismo del arroyo. Donde apenas terminaba la barranca, allí se construía la casa del pobre o directamente sobre los bañados mismos como puede verse en los planos de urbanización de 1920, donde el trazado de la grilla urbana se superpone con los pantanos mismos del Ludueña.

Como siempre pasa, cuando hay que poblar una zona ecológicamente inestable, los primeros en ir son los pobres y el negocio inmobiliario es para los ricos. Y allí fueron nuestros bisabuelos a vivir en el 1900 a asentarse arriba del arroyo y a sufrir las inundaciones que año a año asolaban la zona desde aquellos viejos años hasta 1986. Como vemos, la culpa empieza a dejar de ser de la naturaleza.

Porque a medida que se iban poblando los márgenes del arroyo y la zona (“cuenca” es el término científico), el agua de las lluvias llegaba mucho más rápido al arroyo, porque el suelo construido absorbe menos agua que la tierra virgen. El arroyo crecía así más rápido y se ahogaba antes repartiendo su caudal en una zona más amplia y para lamentarnos aún más, el terraplén del ferrocarril, (ese que ahora se llama Travesía) interrumpía al arroyo casi al final, es decir ¡con mucha más agua!

En la década del 40 fue necesaria una primera obra de entubamiento, que funcionó muy bien, durante veinte años. En 1960, comenzó un ciclo de inundaciones muy importantes que culminaría en 1971. Tendría que llegar 1986 para que los gobiernos provinciales asumieran la necesidad de la construcción de la presa retardadora, que si bien ha pasado momentos difíciles, ha logrado evitar las inundaciones, por lo menos de las zonas de barrios Belgrano, Empalme y Arroyito. Mención especial aquí para el NUMAIN, y el movimiento vecinalista de Empalme Graneros que con una larga tradición logró hacer escuchar la voz de los inundados en cada momento crítico.

Algo entre nosotros no va bien

Las últimas inundaciones importantes que se recuerdan en Rosario, se dieron en 2003/2007 en la zona de Nuevo Alberdi y Cristalería. No se debieron directamente al Ludueña, pero tienen que ver con su cuenca, porque los canales Salvat e Ibarlucea tributan a este arroyo.

La mancha urbana de Rosario se sigue expandiendo y seguimos sin planificar el crecimiento, ocupando espacios en forma caótica, espacios que quizás no tendríamos que haber ocupado. La construcción de barrios aguas abajo de la presa retardadora implica que el escenario que se planteó en 1960 lo podemos reproducir en este siglo.

No podemos dejar que, como en aquellos momentos, la obtención de renta urbana sea el criterio con el que se organiza el espacio de la cuenca. Esto no hace más que reforzar las desigualdades. Los indicios no son alentadores, porque parece reproducirse la vieja dinámica de enviar a los pobres a las zonas vulnerables, mientras a unos metros, pero en zona “protegida” se realizan grandes negocios de especulación inmobiliaria. La culpa, como vemos será definitivamente de quienes consientan esta situación.

Como afirma el Dr. Erik Zimmermann (FCEIA UNR), “la urbanización es clave en la nueva respuesta de la cuenca. La presión demográfica es muy fuerte. O sea, la impermeabilización, si no se toman medidas, será peor en los treinta años que siguen”.

No mirar para arriba y culpar a la lluvia; ni para abajo y culpar al arroyo. Escuchar a los profesionales (arquitectos, urbanistas, ingenieros hidráulicos) y a las organizaciones sociales (NUMAIN, GIROS, Taller ecologista) que desde hace años están estudiando estos problemas. Una cuenca es un sistema dinámico, sobre el cual no se pueden trazar soluciones definitivas. Ello exige atención permanente y una ocupación del espacio teniendo en cuenta (entre otras cosas) la historia terrible de las inundaciones en nuestra región.

Publicado en Rosario/12