Otro crimen social más y van… (Eduardo Grüner)

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1.
Otra vez. No terminamos de procesar lo de Once, y siguen los muertos. A esta altura ya es una perogrullada decir que –si bien todos los muertos son indignantes porque son todos igualmente víctimas de la perversión del sistema- son siempre los trabajadores, los pobres, los sectores marginados y excluidos los que sufren las peores consecuencias: no solo porque son más vulnerables y están más desprotegidos por las deficiencias edilicias, la escasez de infraestructura o la precariedad (cuando no directa inexistencia) de sus servicios asistenciales; también por su carencia de recursos simbólicos, de acceso a la opinión pública, de organización social, en fin, por el hundimiento en aquello que clásicamente Oscar Lewis llamaba cultura de la pobreza . Una “cultura” que se ha terminado transformando en una verdadera “segunda naturaleza”, que les impide hacer frente adecuadamente a la “primera”, cuando esta se derrumba sobre sus cabezas, y que ninguna AUH alcanzará, y cada vez menos, a paliar. Es una consecuencia perfectamente lógica del capitalismo, desde ya: el capitalismo no es únicamente un modo de producción extractor de plusvalía, sino –como efecto multiplicado de su “base económica”- un sistema sociometabólico (como lo llama Istvan Meszarós) que afecta a la totalidad de la vida de todos los que vivimos atrapados en sus mallas, pero de manera especialmente dramática a los “humillados y ofendidos” por necesidad del sistema: desde el deterioro de las condiciones de vivienda hasta la caóticamente desigual distribución del espacio urbano, desde la peligrosidad de las redes de transporte a la sobrecontaminación del aire o la superpolución sonora, y por supuesto la insuficiencia de elementales defensas eficaces contra las inundaciones y otras catástrofes “climáticas”, los efectos de un sistema en el cual –como decía el Marx de los Grundrisse – “el hombre es apenas un medio , y el fin es la reproducción de la ganancia”, se hacen sentir de manera trágica sobre aquellos hombres y mujeres que son más medios que otros. Si hay capitalismo, no hay “catástrofes naturales”: los desastres meteorológicos también son una materia prima y un escenario de la lucha de clases. Siempre hay que estar repitiendo estas generalidades, porque siempre corren el riesgo de quedar desplazadas de la vista por las disquisiciones ad infinitum o las discusiones bizantinas (con todo el debido respeto a la exquisita cultura bizantina) a propósito de quien / es detenta / n las responsabilidades particulares e inmediatas. Pero, atención: al mismo tiempo hay que saber que, en sí mismas, son generalidades que corren su propio riesgo, inverso al anterior: el de transformarse en abstracciones verdaderas, sí, pero que terminen diluyendo en la generalización las responsabilidades particulares e inmediatas, que efectivamente existen. Las sociedades capitalistas no son todas iguales: Amsterdam, por caso, es una ciudad virtualmente construida sobre el agua, y donde llueve mucho; nunca se ha sabido que un día de precipitaciones pluviales excesivas causara medio centenar de muertos. Aquí no se trata de postular las ventajas de un mundo “primero” sobre otro “tercero”, mucho menos de afirmar que hay capitalismos “mejores” que otros –después de todo, un país de imperfectísimo “socialismo” y de desarrollo económico y tecnológico incomparablemente menor no digamos ya a Holanda, sino a la Argentina, como Cuba, ha podido capear con menos pérdidas humanas temporales y huracanes mucho peores que las lluvias de Buenos Aires o La Plata: simplemente, les importa un poco más eso que se llama “la gente”-. Pero sí se trata de decir que, si todo capitalismo es por definición “salvaje”, en el nuestro el salvajismo descontrolado de las complicidades entre las clases dominantes, el Estado y los cómicamente denominados “representantes” del pueblo y de la clase política transforma a esa entente (lo supimos siempre, lo supimos de nuevo hace poquito por Once, lo seguimos sabiendo hoy mismo) en una horda “objetivamente” –y a veces muy subjetivamente- embarcada en la siniestra serialidad de los “crímenes sociales”.

2.

Hubiera sido patético, ridículo y hasta risible –si no fuera por la abyecta obscenidad que implica en medio de otra de esas “tragedias inevitables”- ver en los medios a funcionarios del gobierno nacional, de los provinciales y / o municipales, etcétera, invocando a una climatología “imprevisible” y simultáneamente pateándose entre ellos las responsabilidades, deméritos, ineficacias o inoperancias (¿en qué quedamos?: o es igualmente imprevisible para todos, o si hubo inoperancia es que se podía prever). Desde luego que nadie pretende –sería absurdo- que admitan en voz alta que la culpa es de ese capitalismo pluscuamsalvaje que ellos encarnan a plena conciencia y satisfecha corrupción, y con el cual todos -hay grados, como siempre, pero sin diferencias de “naturaleza”, valga la expresión- se han complicado a imagen y semejanza de sus padres y abuelos (porque se trata de una auténtica tradición nacional). Ni nadie pretende –sería impensable- que confiesen públicamente que los impuestos que pagan los ciudadanos, o los dólares con los que practican una retención obsesiva-anal, lejos de invertirse en las obras de infraestructura que pudieran protegerlos mejor contra los “imprevistos”, se usen para seguir pagando (con intereses, como Dios manda) a los fondos buitres (¿se ve la extrema finura de la perversión? al igual que al obrero, no contentos con extraerle plusvalía, se le hace pagar IVA para comprar la mercancía que él mismo elaboró, al pobre tipo que le aumentaron 500 por ciento el ABL lo ahogan , literalmente, porque su dinero fue a parar a las arcas imperialistas que, mediante las correspondientes “correas de transmisión” locales, van a seguir explotando a sus parientes, a su clase, a su pueblo, a su nación). Nadie pretende –sería inconcebible- que reconozcan que la propia lógica, ella sí “inevitable”, de los ultrasalvajes negocios inmobiliarios y la especulación con las tierras urbanas de las que son socios por acción u omisión impiden -no es solo un tema de “voluntad política”- una planificación racional de las estructuras urbanas que solo sería presuntamente posible bajo el control estricto y autónomo de los ciudadanos, los usuarios y los sectores populares más “afectables”. Nadie pretende –sería ingenuo- que expliciten las conexiones (no tan) “secretas” entre este desastre “ecológico” y la “ecología” económica y política que dirige a la megaminería y el genocidio de los Qom. Nadie pretende –sería inimaginable- que se autocritiquen de estar transformando una gran tragedia nacional causada por ellos mismos (continúan las finuras perversas) en un repugnantemente mezquino tironeo para ver quién consigue mejor posición negociadora en la Sociedad de Irresponsabilidad Ilimitada que continuará sin cambios sustanciales después de las elecciones de octubre. Nadie pretende nada de eso. Y sin embargo, nada de eso se puede dejar de decir. No se puede dejar de decir que, si no bastaban los hechos sociales para dejar en claro los límites infranqueables de los múltiples “relatos” con que nos atosigan, ahora llegó la mismísima naturaleza para anegar con su furia las imposturas –queridas o no, tanto da- de unos y otros socios de la gran estafa. Con los “derechos humanos” atragantados de las aguas servidas y las miasmas de nuestras polis, ¿dirán ahora que la Naturaleza misma está entrando en Plaza de Mayo “vestida de rojo”? ¿Estarán pensando en aplicarle la Ley Antiterrorista?

3.

Ahora bien: si se me permite parodiar afectuosamente una probadamente eficaz campaña publicitaria, ¿quién podrá decir todo esto? Para volver al principio de esta nota: ¿quién podrá reconectar aquellas “generalidades abstractas” con estas “particularidades concretas”, enunciando con rigor y consecuencia las articulaciones entre ambas que hagan reconocibles e irrefutables los límites “narrativos” –y desde luego fácticos- de la fina perversión que nos rodea? Respuesta obvia: Nosotros, la Izquierda. Y absolutamente nadie más. Ya sé que en estos mismos momentos se está haciendo, que partidos, organizaciones, agrupamientos están produciendo sus declaraciones y documentos en esta dirección, “más allá de sus diferencias”. Pero justamente, ante una circunstancia como la presente –así como sucedió ante Once o ante Mariano Ferreyra-, se debería estar más acá de las diferencias. Se requiere una movilización conjunta de todas las energías de la izquierda –al menos la agrupada en el FIT, si no fuera posible por ahora más amplitud- que “saque a la calle”, por así decir, esta discusión por todos los medios posibles (desde los propiamente “mediáticos” a los actos públicos, desde los manifiestos unitarios a las asambleas en fábricas, barrios, universidades, etcétera) para mostrar que, en efecto, solamente la izquierda está en condiciones de denunciar con argumentos sólidos todo lo que este nuevo episodio condensa en materia de responsabilidades tanto “coyunturales” como “estructurales”, y todo lo que significa como nueva insistencia de una materialidad siniestra que ya ningún “relato” alcanza para desviar de la vista. ¿Sería esto, además de muchas otras cosas, también una “campaña política” con vistas a octubre? Claro que sí. Solo que con la radical diferencia de que permitiría dejar nítidamente establecido que esta campaña no es por una mayor porción de la torta asesina, sino para demostrar que la única manera de que la “torta” no siga matando es cambiando de cuajo los ingredientes y, sobre todo, la receta. Que de no ser así, seguirán ocurriendo “tragedias inevitables”. Y que eso, ni un milagro del Papa nacional y popular podrá evitarlo.

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Terrenos inundables. Saladillo, 1932

Como en otras tantas ciudades del mundo, el proceso de expansión de la “mancha urbana” fue con los pobres como ariete. Los terrenos más vulnerables desde el punto de vista ambiental, iban siendo ocupados por los más pobres, como el caso que a continuación mostramos.

No es de extrañar entonces, que estas políticas de ocupación entraran cada tanto en crisis, cuando un exceso de lluvias en la cuenca de los arroyos, provocara las inundaciones que comenzaban por perjudicar a estos habitantes.

Eran terrenos baratos, que estaban al acceso de los trabajadores (que además, trabajaban por esa zona)

Las grandes obras de saneamiento y de prevención de inundaciones se hicieron mucho después, cuando las inundaciones perjudicaron a otros sectores sociales, con más capacidad de presión, o con una voz que se oía más fuerte en lo que llamaríamos la esfera pública rosarina.

año 1932

Futbol por los inundados. 1905

Interesante artículo a modo de curiosidad (sabemos que se va un poco del tema del blog, pero el bloguero también tiene un corazón futbolero.

Junto con la del 66, la otra gran inundación que se recuerda en Santa Fe y el litoral, es la de 1905. Aquí vemos algunas de las acciones sociales que se desplegaron para hacer frente al desastre.

Los Jugadores del Nottingham Forest se prestaron generosamente a jugar el partido a beneficio.

Las inundaciones y las manchas solares

Las inundaciones y las manchas solares
Este artículo, publicado en el extinto diario La Tribuna de la ciudad de Rosario, (que ya será publicado en forma íntegra) es una reseña de otro, escrito por Gabriel Carrasco.
En aquel artículo, el polígrafo se dedica a establecer las causas de las constantes crecientes del Río Paraná y como pueden ver, las adjudica a la influencia de las manchas solares.
Como el artículo anterior con Juan Alvarez, hoy mostramos este escrito de Carrasco para señalar que la historia del agua tiene una tradición en la Argentina y más específicamente en nuestro medio local.
Resta saber porqué que con algunos elementos basales que nos permiten esbozar una tradición en el tema, la Historia del agua como disciplina -aunque sea una historia de las inundaciones!- no logró fraguar en  nuestro medio.

Artículo publicado en La Tribuna, en Abril de 1966

Las húmedas orillas urbanas. Su representación en el cine argentino.

El presente trabajo fue presentado en el Congreso Ciudades Latinoamericanas. UBA C.C. Paco Urondo. 11 y 12 de noviembre de 2009

Pequeña introducción

Desde hace mucho tiempo, la vida de los hombres del río y de las islas constituyó un fuerte foco de interés para la narrativa argentina.

Si alguien (por alguna razón) pretende una genealogía para darle entidad al tema, podríamos simplemente señalar que los primeros libros que se escribieron sobre lo que luego sería la Argentina, son los relatos de los navegantes de los ríos. Schmidl, Del Barco Centenera, etc. cuentan sus desventuras en tierra, y también su derrotero  al navegar el Plata y el Paraná y cómo a través de ellos fueron internándose en el espacio incógnito sobre el cual el imperio español asentaría su dominio.

A comienzos del siglo XIX, Manuel J. de Lavardén, un intelectual iluminista continuaría, ahora desde una poesía (que tenía mucho de programa económico) el género litoraleño, con su “Oda al Paraná” en una etapa en la que ya se vislumbra a los ríos como canales impulsores del progreso. Si bien esta temática nunca se interrumpió, para abreviar, mencionemos que desde comienzos del siglo XX la obra de Fray Mocho “Un viaje al país de los matreros” nos ofrece una descripción de quienes viven en la isla como habitantes de una zona que evidentemente tiene ciertas particularidades. Poco despuéss, la torturada escritura de Horacio Quiroga y las amables descripciones de Mateo Booz, marcan desde aquellos comienzos de siglo lo específico de una vida no colonizada, de quienes aceptan vivir sumergidos en un espacio que parece dominado casi exclusivamente por la naturaleza. El río, que ha sido el canal por donde el progreso entró a nuestro país y por donde salían las riquezas que nos vinculaban al mundo, nos mostraba también la vida de esos hombres y mujeres que vivían sus vidas en el río, o en las islas, en los bordes.

Se ha notado, que hablamos de bordes urbanos contra el río, pero no nos referimos al puerto… Mucha de la literatura sobre el borde mojado de la ciudad, refiere a la vida portuaria, sobre todo gracias a la influencia de la letrística del tango, que contribuyó a consolidar la imagen de Buenos Aires como ciudad portuaria quizás también a la dimensión del puerto de capitalino (y de los puertos argentinos) en la economía de la región.

La vida del puerto es otra cosa absolutamente distinta a la vida del isleño o del costero. De alguna manera, la portuaria es un área urbana. Diríamos que está más afuera que adentro del río, en el puerto se asienta el cosmopolitismo absoluto, con hombres y mujeres de todas partes del mundo que llegan y se van, del gran comercio de exportación, de muchas monedas y lenguajes: es la frontera de la ciudad contra el mundo. El del puerto es un ambiente definitivamente urbano vinculado al relato de la Argentina que se abre al mundo como puede verse (un detalle, si queremos) en sus trabajadores portuarios, sindicalizados tempranamente en la Argentina del centenario.

Pero hay otra orilla de la ciudad contra el río, que es sobre la que nos interesa reflexionar es la vida en la isla y en la costa ribereña urbana. Esa vida naufragada en contacto permanente con la civilización de tierra firme, a la cual nunca termina de integrarse, pero que se estructuró en función de los vínculos permanentes con la ciudad cercana. Los escritores argentinos han encontrado allí una fuente importante de sus obras; mucha de aquella buena literatura será llevada al cine. El cine, esa nueva forma de narrar que encontró el siglo XX, también iba a brindar su visión sobre el río, desde muy temprano, y muchas de estas películas adquirieron relevancia de clásicos. Así, Mario Sofficci se inspirará en Horacio Quiroga para su “Prisioneros de la tierra”; por supuesto “Las aguas bajan turbias” de Hugo del Carril sobre el libro de Alfredo Varela, y Fernando Birri llevará al cine “Los inundados” sobre el cuento homónimo de Mateo Booz. “Los isleros” será también un clásico, pero fue mucho más célebre que la novela homónima de Ernesto Castro, quien escribió el guión.

En 1950 aparece un libro que expresa una experiencia de vida diferente de todo lo anterior. En ese año, Liborio Justo  (el histórico trotskista argentino, hijo de Agustín P.) publica su importante “Río Abajo” llevada al cine por Enrique Dawi en 1960. Poco después de este año, Haroldo Conti, autor de la novela Sudeste, se traslada a vivir a las islas del delta del Paraná, en la zona del Tigre donde escribirá la novela de marras.

Una diferencia importante entre estos dos libros y otros libros de apariencia similar, es que el escritor se reconoce como habitante de la isla y no como un mero visitante. Hay una experiencia de vida que las sustenta. Ambos autores comenzaron por posicionarse (y no en sentido figurado) en las islas mismas donde transcurrirán las historias de vida sobre las que van a escribir. El registro de Justo es más bien documental, por cuanto menciona permanentemente nombres propios con apellidos, linajes, e historias que se presentan como reales. Conti  por el contrario, si bien desde un relato de ficción, ofrece un una miríada detalles (de las embarcaciones, las marcas de los motores, la geografía, etc)… que será interpretado como una pretensión de verosimilitud, que no confundiremos con lo documental.

El posicionamiento del escritor aparece como novedoso: el río es visto desde una canoa y no desde un transatlántico, ni mucho menos desde un buque cerealero. Y es importante esta diferencia, porque nos estamos refiriendo a dos escenarios que tradicionalmente han sido pensados como espacios “anómalos”. El agua y las islas. Un lugar que estando quieto transmite la sensación de estar en permanente movimiento por el paso del río. Muchos autores hicieron (antes y después de Justo y Conti) su propio “viaje” (real o imaginario) a esa “frontera interior” que es la zona de los ríos, incluyendo obviamente, sus costas y la zona de islas.

De comienzo de la década del ‘60 es también la película Sabaleros de Armando Bo, que contó con la colaboración en el guión de Arturo Roa Bastos.

Para quien se atreva a sortear sus bajantes y desbordes, los ríos de la memoria serán siempre un camino que habrá que recorrer para conocer nuestra vida como país y también –es nuestro intento de hoy- los legados literario y fílmico argentinos.

La vida en las costas

Como es de esperar, la vida de los hombres de la costa depende directamente del río. En el caso de Sabaleros, justamente se trata de una comunidad que vive de la pesca aunque  realizada en una forma tan particular, que nos recuerda que además de la frontera entre la ciudad y el río, estamos en una zona de frontera entre la ciudad y el campo “pampeano”…

Si bien en otras películas argentinas puede verse arrear las vacas entre las aguas crecidas, en esta película puede verse como se realiza la pesca ¡con caballos! Los espineles y las redes son sujetados por dos peones que se meten a caballo en el río para luego bajar las redes y volver caminando hacia la costa. Son como “gauchos de agua”. Inclusive para trasladar los pescados, utilizan horquillas con las que los ensartan para revolearlos al montón, del mismo modo que se hace con la paja para hacer las parvas. Son las prácticas del campo, pero adaptadas al elemento acuático.

La periferia urbana siempre fue pensada como una zona donde la ciudad se expande, es una zona que es provisoriamente periferia, porque el crecimiento de la ciudad la engullirá, convirtiéndola primero en suburbio y luego en un barrio integrado directamente (aquí tenemos la aparición de otro elemento de gran significado metafórico como es el de los puentes). El puente habilita el llegar a la otra orilla, y es el paso previo a la integración de la ribera a la ciudad (obviamente que es más evidente para los ríos chicos o arroyos como el Saladillo o Ludueña en Rosario y el Riachuelo en Buenos Aires) La vida bajo los puentes también será un tópico recurrente de la literatura y cine sobre la vida de los pobres, aunque aquí no abordaremos esa escena.

Por otro lado, la frontera acuática se diferencia de la frontera terrestre, en que no puede “moverse”. El proceso de expansión sobre el río es muy distinto a la expansión sobre la frontera de tierra, como es obvio. Puede urbanizarse hasta el borde, pero más allá, en las islas, la vida cotidiana perdurará con sus características duales: la vida en la isla no podría definirse como una vida en tierra firme, mucho de esa vida depende del agua (transporte, inundaciones, pesca, cultivos, etc).

En algunas ciudades argentinas, las modificaciones actuales en la costa ha sido construir edificios altos para que los sectores más pudientes puedan disfrutar casi en exclusividad la vista y el aire puro de los ríos que la circundan.

En Los Isleros, la vida en tierra firme está caracterizada por los bailes, las peleas, el comercio, pero también por el hospital donde La Carancha (el personaje de Merello) acude para que nazca su hijo… es, de alguna manera y mal que le pese a su personaje el lugar donde deben hacerse ciertas cosas, implica entonces ciertas positividades). Tan es así, que finalmente, la Carancha termina aceptando que su hijo (con la familia que él ha formado) se traslade a vivir a tierra firme.

La costa ribereña es un territorio de doble orilla, en este caso las orillas de la ciudad (metáforica) y las orillas del río (real). Y si en la orilla terrestre de la ciudad, existe el “orillero” concebido como un arquetipo que une las características del hombre de “adentro” y el de “afuera” más curiosa es la dualidad del habitante de la orilla acuática, porque su vida en el “afuera” de la ciudad es por lo general en el agua, o en la isla, por lo que su cotidianidad es radicalmente distinta del orillero de tierra adentro. La canoa, la pesca, la llegada de la lancha-proveeduría o el “cruce” del río, constituyen eventos-acontecimientos clave, que ignora el de tierra firme. Esto no quita que de alguna manera podamos hablar de caracteres similares entre uno y otro, siempre que no menospreciemos estas diferencias antes esbozadas. Así como Yupanqui decía “de poco vale un paisano sin caballo y en Montiel” en este contexto, la lancha es de vital importancia. Es iluminador que en Sudeste, el Boga, cuando se independiza de los viejos, su primer preocupación es la de buscar es una lancha.

La ley de la tierra / justicia terrestre

Como zona de frontera que es, esta también es una zona sin ley. En estos relatos la autoridad estatal, aparece muy menguada… las cosas se resuelven allí mismo y de la manera más sencilla: de facto. Herencias, casamientos, ocupaciones de bienes ajenos, ajustes de cuenta, sepelios, etc. La justicia, de “tierra firme” no logra hacer pie en el escabroso territorio de las islas y la orilla del río.

La frontera acuática de la ciudad presenta la particularidad de todas las “fronteras” en cuanto a que al parecer, la autoridad tiene dificultades para hacerse presente. Las islas, el delta, la costa, etc. serán una zona donde hacerse invisible para la justicia y la policía (como puede verse en Sabaleros, Río abajo, Los isleros y Sudeste, entre otras). Funciona  también como lugar de refugio o donde disimular actividades ilegales.

Esto presenta una singularidad que muchos de estos relatos comparten. En primer lugar se construye una imagen del hombre del río como alguien acostumbrado a la vida dura, de trabajo, etc. pero con una cierta “inocencia”. En todos estos relatos, la irrupción de los habitantes de la ciudad, con una ética distinta, va a venir a romper el ritmo de vida “anfibio” generando rechazos (en Los isleros, la nuera de la Carancha), adhesiones (en Sudeste el Pampa) y en Sabaleros los dos fugados que van a pedir ayuda para una fuga, justamente, con la certeza de que esa convivencia en el borde del río implica también una salida franca hacia donde uno disponga sin correr riesgo alguno.

Conclusiones

Nuestra idea fue llamar la atención acerca de una serie de relatos (escritos y fílmicos) que tuvieron como temática fundamental la vida de los hombres en la zona ribereña de las ciudades. En general ha habido mucha literatura y análisis sobre la expansión de la ciudad hacia la frontera seca y consideramos que es hora de fijar la visión sobre esta frontera acuática, sobre la que hay mucho material “de base” pero poco trabajo de análisis sobre la relación de las grandes ciudades argentinas con su frontera acuática. La identificación de lo urbano con lo construido, con lo “seco” y la operación que restringió la frontera “mojada” a la zona portuaria, implicó la anulación y la subvaloración de toda una literatura que sin dejar de ser una reflexión sobre la ciudad argentina, ponga su mirada en el río y lo integre asumiendo que existió (y existe) un suburbio urbano que se desarrolló dividiendo su tiempo entre la vida en la ciudad y la vida en las islas, la lancha y el río.

Filmografía mencionada

Prisioneros de la tierra Mario Soffici (1939)

Los isleros de Lucas Demare (1951)

Las aguas bajan turbias de Hugo Del Carril (1952)

Sabaleros de Armando Bo (1959)

Río abajo de Enrique Dawi (1960)

Los inundados de Fernando Birri (1962)

Sudeste de Sergio Bellotti (2002)

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Inundaciones de ayer ¿y de hoy?

Cuesta explicarles a los más jóvenes nuestra pena ante el fenómeno de las inundaciones, que ocurren en lugares lejanos. Cuesta convencerlos de que ese hilo de agua oscura que es el arroyo Ludueña, en algunos momentos durante la década del 60, 70 y 80 fue un increíble y violento caudal que durante varios días circulaba por las calles de Empalme Graneros, Barrio Belgrano y Arroyito arrastrando todo lo que encontraba a su paso: autos, muebles, vacas, caballos y vidas.

Pero es así, ese era el miedo que todos los abriles y noviembres torturaba a los habitantes de la zona noroeste de Rosario. ¿Está lloviendo en Pérez? ¿y en Zavalla?, porque esa era el agua que después bajaba a Rosario, y rebasaba en esos barrios rosarinos.

Entonces, la culpa de las inundaciones la tienen primero, la lluvia y luego, el arroyo. Veamos…

No culpes a la lluvia

Pero ¿Cuál es la dinámica de este asunto?

Bueno, pues resulta que en esa época, cuando llovía en los campos que ahora son Pérez, Funes, Empalme, Arroyito (imaginemos esos campos sin esos barrios construidos) el agua caía a la tierra que la absorbía, obviamente. Ahora, si llovía mucho, la tierra no absorbía, entonces, la pendiente natural llevaba el agua de los campos al canal del arroyo que veía crecer su volumen hasta llenar la barranca (todos podemos ver la pequeña barranquita del Ludueña en cualquier lugar que lo contemplemos hoy) y si era demasiada agua, pues se inundaban los campos aledaños y ya.

Pero bueno, llegó el siglo XX y Rosario creció. Uno de los vectores de la expansión de Rosario era el camino hacia Alberdi. Allí justamente se construyó el “puente Arroyito” (todavía los viejos llaman así a la esquina de Juan B. Justo y Alberdi). Los otros vectores serían las vías del Belgrano, (que aún están) y del Mitre cuyo recorrido puede verse ahora en la avenida De la Travesía. Pero había allí un terraplén, muy alto, justamente, para que las crecidas del arroyo no complicaran el tráfico de los trenes.

Y así se fueron construyendo los barrios pobres y baratos, para los pobres de aquel Rosario, al borde mismo del arroyo. Donde apenas terminaba la barranca, allí se construía la casa del pobre o directamente sobre los bañados mismos como puede verse en los planos de urbanización de 1920, donde el trazado de la grilla urbana se superpone con los pantanos mismos del Ludueña.

Como siempre pasa, cuando hay que poblar una zona ecológicamente inestable, los primeros en ir son los pobres y el negocio inmobiliario es para los ricos. Y allí fueron nuestros bisabuelos a vivir en el 1900 a asentarse arriba del arroyo y a sufrir las inundaciones que año a año asolaban la zona desde aquellos viejos años hasta 1986. Como vemos, la culpa empieza a dejar de ser de la naturaleza.

Porque a medida que se iban poblando los márgenes del arroyo y la zona (“cuenca” es el término científico), el agua de las lluvias llegaba mucho más rápido al arroyo, porque el suelo construido absorbe menos agua que la tierra virgen. El arroyo crecía así más rápido y se ahogaba antes repartiendo su caudal en una zona más amplia y para lamentarnos aún más, el terraplén del ferrocarril, (ese que ahora se llama Travesía) interrumpía al arroyo casi al final, es decir ¡con mucha más agua!

En la década del 40 fue necesaria una primera obra de entubamiento, que funcionó muy bien, durante veinte años. En 1960, comenzó un ciclo de inundaciones muy importantes que culminaría en 1971. Tendría que llegar 1986 para que los gobiernos provinciales asumieran la necesidad de la construcción de la presa retardadora, que si bien ha pasado momentos difíciles, ha logrado evitar las inundaciones, por lo menos de las zonas de barrios Belgrano, Empalme y Arroyito. Mención especial aquí para el NUMAIN, y el movimiento vecinalista de Empalme Graneros que con una larga tradición logró hacer escuchar la voz de los inundados en cada momento crítico.

Algo entre nosotros no va bien

Las últimas inundaciones importantes que se recuerdan en Rosario, se dieron en 2003/2007 en la zona de Nuevo Alberdi y Cristalería. No se debieron directamente al Ludueña, pero tienen que ver con su cuenca, porque los canales Salvat e Ibarlucea tributan a este arroyo.

La mancha urbana de Rosario se sigue expandiendo y seguimos sin planificar el crecimiento, ocupando espacios en forma caótica, espacios que quizás no tendríamos que haber ocupado. La construcción de barrios aguas abajo de la presa retardadora implica que el escenario que se planteó en 1960 lo podemos reproducir en este siglo.

No podemos dejar que, como en aquellos momentos, la obtención de renta urbana sea el criterio con el que se organiza el espacio de la cuenca. Esto no hace más que reforzar las desigualdades. Los indicios no son alentadores, porque parece reproducirse la vieja dinámica de enviar a los pobres a las zonas vulnerables, mientras a unos metros, pero en zona “protegida” se realizan grandes negocios de especulación inmobiliaria. La culpa, como vemos será definitivamente de quienes consientan esta situación.

Como afirma el Dr. Erik Zimmermann (FCEIA UNR), “la urbanización es clave en la nueva respuesta de la cuenca. La presión demográfica es muy fuerte. O sea, la impermeabilización, si no se toman medidas, será peor en los treinta años que siguen”.

No mirar para arriba y culpar a la lluvia; ni para abajo y culpar al arroyo. Escuchar a los profesionales (arquitectos, urbanistas, ingenieros hidráulicos) y a las organizaciones sociales (NUMAIN, GIROS, Taller ecologista) que desde hace años están estudiando estos problemas. Una cuenca es un sistema dinámico, sobre el cual no se pueden trazar soluciones definitivas. Ello exige atención permanente y una ocupación del espacio teniendo en cuenta (entre otras cosas) la historia terrible de las inundaciones en nuestra región.

Publicado en Rosario/12