Ponencia en Encuentro de Investigadores del INA – IFRH 2016

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Hemos participado de la nueva Edición del Encuentro de Formación de Investigadores en Recursos Hídricos.
y aquí está nuestro trabajo sobre Estanislao Zeballos y su visión de la región en el libro “La región del trigo”

http://www.ina.gob.ar/ifrh-2016/trabajos/IFRH_2016_paper_49.pdf

Agua potable en el barrio Tiro Suizo

En la década de 1930, en Rosario, muchos barrios carecían del servicio de agua potable o recibían un servicio deficiente.

La nota, del diario La Tribuna, cuyo texto reproducimos más abajo.

Tienen que Conseguir Agua en la “Canilla colectiva”

El problema de la falta de aguas corrientes en algunos barrios de la ciudad, continúa siendo aún, a pesar de las continuas demandas de solución, un problema insoluble. En la zona de Tiro Suizo, en el barrio Irigoyen, hace tiempo que TRIBUNA defendió la necesidad de que se estableciera dicho servicio. Los vecinos sólo obtuvieron la colocación de una “canilla colectiva”. Todo el vecindario de un sector del Municipio densamente poblado debe servirse de aquella, con los inconvenientes fáciles de imaginar. Es necesario que la empresa y los poderes públicos den a este asunto un remedio definitivo, prestando el servicio de aguas corrientes que contaría de inmediato con más de 100 usuarios.

Santa Fe ante las inundaciones. 1940.

Artículo publicado en el diario El Litoral de Santa Fe

14 de junio de 1940

El Instituto Argentino del Agua, cuya presidencia ejerce el ingeniero Aquiles Armani, ha preparado un plan como contribución al estudio del problema de las inundaciones y desagües en el valle del Paraná, el cual ha si do llevado al conocimiento de los gobiernos de las provincias del litoral y del ejecutivo nacional. El sub-comité de estudios, formado por los señores Enrique Chanourdié, Alfredo I. Ledesma, Enrique Williams Alzaga y Luis A. Woodbridge, han confeccionado el siguiente esquema

Considérase el territorio a sanearse dividido en dos zonas:

1a. zona –  Tierras cuyas cotas sean inferiores a la máxima creciente del Paraná.

2a. zona – Tierras cuyas cotas sean superiores a la máxima creciente del Paraná.

En la primer zona se contemplarán las dos soluciones que se presentan:

Diques (insumergibles): Obras que impidan la iundación, acompañada de canales secundarios para el escurrimiento de las aguas pluviales.

Relleno natural (dique sumergibles): Obras que no impiden las inundaciones, pero que provocan el levantamiento del terreno por sedimentación, reteniendo el material en suspensión que acarrean las crecientes.

En la segunda zona, cabe tener en cuenta las siguientes soluciones:

1) facilitar la descarga en los cursos de agua

2) Retardar el escurrimiento en las cabeceras.

3) Desviar el exceso de agua a otras cuencas

4) Limitar el lecho.

Puede agregarse para ambas zonas, la conveniencia de no realizar obra alguna, impidiendo construcciones en las zonas inundables, y la organización de un servicio sistemático de vigilancia e información, para una eficiente y activa política de control de las crecientes.

Para la elección del tipo y orden de ejecución de las obras se derterminará: La capacidad y grado de utilización económica del territorio a sanearse en base a : 1o. Las lluvias, 2o. El relieve. 3o. El escurrimiento, 4o. La vegetación, 5o la geología, 6o. La economía, 7o. La población, 8o. El catastro, 9o. Las comunicaciones.

Los estudios se reaizarán primero de acuerdo a la división política del territorio, concretándose después por cuencas, incluyendo por extensión, la del Paraná no comprendida en la provincia de Santa Fe.

22 de Marzo de 2009 DIA MUNDIAL DEL AGUA

dia-del-agua-20091Comunicado de la Asamblea Provincial por el Derecho al Agua de Santa Fe

“Compartiendo el Agua” En 1993 la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró día mundial del agua al 22 de marzo mediante la resolución A/Res/47/193, haciendo eco de las recomendaciones de la agenda 21 y de las miles de voces que en todo el mundo anunciaban lo que hoy se conoce como la crisis del agua dulce. Quince años después la quinta parte de la humanidad sigue sin tener acceso a fuentes de agua potable y la tercera parte sin tener acceso al saneamiento básico mientras los procesos de destrucción de humedales y contaminación de cuencas continúan. En marzo de 1997 se realiza el 1º Foro Mundial del Agua en Marruecos instancia motorizada por los organismos de crédito internacionales y las grandes corporaciones del agua en servicios, embotellamiento e infraestructura, impulsando el concepto de agua como bien económico capaz de ser mercantilizado y de que la ingerencia de los actores privados iba ha dotar de eficiencia a las anquilosadas empresas públicas de saneamiento. Los Foros Mundiales del Agua se repiten en La Haya, Holanda en el 2000 y en Kioto, Japón en el 2003 pero ya la presencia de la sociedad civil con los múltiples ejemplos de fracasos en la privatización, así como la resistencia de muchos estados para tercerizar los servicios sanitarios, dentro de EEUU, Japón o Europa y el aumento de la conciencia ambiental global moldean el concepto del agua como Bien Común y Derechos Humano que se discute hasta el presente. En el Foro Mundial de México 2006 el debate se agudiza aún más, así hasta las grandes corporaciones se ven obligadas a incorporar el derecho al agua en sus plataformas, claro que transfiriendo la responsabilidad a los gobiernos sin abandonar el objetivo de la mercantilización, solo basta decir que en los ’80 se vendían en el mundo casi 2.000 millones de litros de agua embotellada mientras que en el 2007 se vendieron 200.000 millones de litros, 100 veces mas a un precio varios cientos de veces superior al agua de grifo. Por otra parte en México fueron mucho más visibles, la voz de los pueblos afectados por la contaminación de aguas de la minería, los perjuicios en el CIADI para los estados que firmaron acuerdos BIT o TLC que incluían el agua, la creciente extranjerización de la tierra con potencial hídrico, la ineficiencia de los privados para mejorar los servicios de agua, así como la voluntad de las comunidades de participar directamente en la gestión pública del agua. En marzo de 2009 se realiza el V Foro Mundial del Agua en Estambul, Turquía, reavivándose la discusión por el destino del agua, que no es otro que el destino de la vida misma en nuestro planeta. Es por ello que los invitamos a participar en este apasionante debate desde las palabras premonitorias de Maude Barlow, Presidenta Nacional del Concejo Canadiense y fundadora del proyecto Planeta Azul: “La crisis del agua en el planeta, provocada por la contaminación, el cambio climático y el crecimiento demográfico explosivo, es de tal magnitud que casi 2000 millones de personas viven en regiones que sufren por insuficiencia de agua. En el 2025, dos tercios de los habitantes del planeta habrán de enfrentar escasez de agua. Mientras la población mundial se triplicó en el siglo XX, el consumo de agua se multiplicó por siete. En 2050, con tres mil millones mas de seres humanos, necesitaremos 80 % más de agua solo para alimentarnos. Nadie sabe de donde sacaremos esa cantidad de agua.” Maude Barlow impulsora del concepto de agua como Derecho Humano y Bien Común es hoy primera consejera senior en temas de agua de Miguel d’Escoto Brockmann Presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas quien dijera en su discurso inaugural: “El agua no es una mercancía para ser comprada y vendida en el mercado”,… “Aquellos que buscan sacar alguna ventaja económica de una de las peores tragedias humanas están buscando la privatización del agua, y por lo tanto están negando uno de los derechos humanos mas elementales junto con el aire que respiramos”. Naciones Unidas propone como tema del agua para este año 2009, el de las cuestiones relacionadas con las aguas compartidas que atraviesan fronteras, para unirnos y no para separarnos, en base a la cooperación y no al conflicto, muy distante de aquella visión de Ismael Serageldin ex director del Banco Mundial que pronosticaba que así como las guerras del siglo XX habían sido por el petróleo, las del siglo XXI iban a ser por el agua. Durante la semana del 16 al 22 de marzo de 2009 se realizaran distintas actividades en Santa Fe y Rosario y ya que todos somos en un 70 % agua, están todos invitados a participar del debate. El Agua se Comparte No se Vende
Asamblea Provincial por el Derecho al Agua

Invitación a la Historia Ambiental, por Stefanía Gallini

El texto es una revisión de la conferencia pronunciada en ocasión de la inauguración de la III Promoción del Doctorado en Historia, Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Ciencias Humanas, 8 de marzo de 2002. 

Stefanía Gallini es una historiadora italiana, profesora del Departamento de Historia, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá.



No son pocos los que piensan que la historia ambiental se parece a esos detergentes bien conocidos que de repente aparecen en los estantes de los supermercados con una nueva etiqueta, la cual invariablemente empieza por ‘eco’, ‘natural’, ‘bio’ u ‘orgánico’, con la esperanza de que el cambio de imagen – la pincelada de verde en la etiqueta, sin cambiossubstanciales en el producto – logre aumentar sus consumidores. La historia ambiental, en otras palabras, sería para algunos una moda, una estrategia de mercadeo de los historiadores para acaparar una cuota entre los lectores y potenciales practicantes sensibles a los temas ambientales. En muchos casos, el diagnóstico severo tiene fundamento y correspondea lo que el historiador alemán Joachim Radkau denuncia como el “camuflaje de etiquetado”. La presentación (o la mercantilización) de trabajos como investigaciones medioambientales que, sin embargo, no serían tan nuevos si los presentaran bajo otro nombre.1Pero en los estantes de la producción historiográfica hay también obras que legítimamente se califican como medioambientales y su crecido número y calidad hacen que hoy ya no sea cuestionable la existencia de la historia ambiental como campo del saber histórico, tal como lo hacía en 1988 el historiador italiano Alberto Caracciolo, quien, al preguntarse “¿Qué es la historia ambiental?”, sentenciaba que o no existía o, si existía, tartamudeaba.2Las páginas que siguen son un modesto intento de explorar esta misma pregunta con el objetivo de encontrar las paternidades de la historia ambiental y darle así un lugar en la constelación de las disciplinas históricas, a partir de la definición en la cual más unánime es el acuerdo: la historia ambiental intenta profundizar nuestro entendimiento de cómo loshumanos han sido afectados por el medio ambiente a través del tiempo y, a la vez, cómo ellos han afectado al medio ambiente y con qué resultados.3 Pero sobre todo el ensayo guarda la esperanza de ser una invitación a los lectores a cultivar un jardín tan fértil y tan pocas veces cosechado.Las autopistas de la historia ambientalLa razón fundamental por la cual es pertinente y legítimo hablar de “historia ambiental”, no como moda efímera, sino como campo serio del saber histórico, es la masa crítica que ha alcanzado. A los trabajos pioneros de William Cronon, Carolyn Merchant, Alfred Crosby,John McNeill, Donald Hughes, Donald Worster, Warren Dean, Joan Martínez Alier, González de Molina, Piero Bevilacqua, Christian Pfister, Richard Grove, P. Brimblecombe se han sumado muchísimos otros a plasmar una literatura histórico-ambiental ramificada por lo menos en tres direcciones.4La primera se refiere al estudio de las interacciones de determinadas sociedades humanas con ecosistemas particulares y en continuo cambio. Para ejemplificar tan totalizante categoría, vale referirse al mismo Cronon y su Changes in the Land, un trabajo clásico y pionero, en el que el autor reconstruye los cambios ecológicos de la Nueva Inglaterra americana en el paso del dominio de los nativos americanos al dominio de los colonos europeos.5La segunda dirección de marcha de la historia ambiental apunta a investigar las variantes nociones culturales de la relación hombre-naturaleza, es decir, las ideas que distintas sociedades han tenido de la naturaleza. El tema, cuyas fuentes se encuentran entre las múltiples formas de la producción cultural – de la iconografía a la cartografía, de la filosofíaa las conmemoraciones públicas y a la literatura – es de gran relevancia, ya que la forma en que las sociedades conciben la naturaleza informa continuamente sus actuaciones con respecto al medio ambiente. Considérese, por ejemplo, la concreta influencia de la idea que distintas sociedades mantienen de qué parte de la naturaleza consideran ‘recursosnaturales’.6Finalmente, la tercera dirección abarca la política ambiental, entendida como ciencia de lo político referido al medio ambiente – y por lo tanto incluyendo los movimientos ambientalistas y el ambientalismo tout court – y también como concretas decisiones institucionales y legislativas relativas al manejo y la protección del medio ambiente. Para citar solamenteuna de las vetas identificadas bajo esta perspectiva, es preciso recordar la densa, aunque geográficamente heterogénea literatura acerca de la historia de los parques y reservas naturales, como expresión de políticas conservacionistas.¿Una novedad?A pesar del estadio avanzado de desarrollo de la historia ambiental, sus practicantes siguen subrayando incansablemente la novedad de la disciplina. La actitud recuerda de cerca la necesidad de los adolescentes de reivindicar – y posiblemente en formas impactantes para los adultos – su originalidad y unicidad en el mundo. Mas allá de las hipótesis psicológicas, cabe preguntarse si hay algo más, es decir, si estamos realmente ante una aproximación nueva “al conocimiento de los hombres en el tiempo”, para retomar la definición siempre eficaz de March Bloch acerca de qué es la historia.7Como oportunamente señala el historiador colombiano Alberto Flórez8 (y más en general del caso colombiano al que él se refiere), la historia ambiental seguramente es nueva si miramos a la escasa o nula consolidación institucional de la disciplina y de la comunidad científica de sus adeptos. Excepto en casos muy aislados, la oferta didáctica a cualquiernivel en historia ambiental es decepcionante para un joven con interés en esta disciplina, tanto que una útil tarea que están cumpliendo unos sitios de internet especializados es recolectar la dispersa información de este tipo.9La dispersión no es sólo de los especialistas en historia ambiental, sino también de sus publicaciones. Dependiendo del país, trabajos de historia ambiental se encontrarán esparcidos en secciones de historia de la ciencia y de la tecnología, historia económica, ecología y medio ambiente, historia natural, estudios culturales, geografía, política ambiental,a veces (eco)feminismo, pero nunca bajo una única definición de “historia ambiental”. La consulta en catálogos de bibliotecas o en motores de búsqueda en internet requiere aún mayor imaginación, pues el término “historia ambiental” da como resultado un multicolor listado de referencias amenas, pero con débil relación con lo que posiblementese estaba buscando.Las fechas de nacimiento de las asociaciones que reúnen a los historiadores ambientales- un parámetro indicativo de la cohesión de las comunidades científicas – proporciona otra evidencia de la juventud de su institucionalización: la American Society for Environmental History (ASEH) nació en 1982; la European Society for Environmental History (ESEH)abortó una vez a finales de la década de 1980 y, finalmente, nació en septiembre del año pasado en las frías tierras de Escocia; la Asociación Latinoamericana de Historia Ambiental ni siquiera ha sido concebida.10 Al lado de la falta de institucionalización y consolidación académica, la historia ambiental emite otras señales de su joven edad, en primer lugar su casi obsesionada auto-interrogación sobre sí misma, su identidad, sus desafíos, sus peculiaridades, su epistemología,su autonomía disciplinaria y sus relaciones con disciplinas afines. La literatura sobre el tema ha llegado a ser consistente y dibuja un cuadro bastante exhaustivo de lo que los historiadores ambientales creen ser uopinan que la historia ambiental debería ser.11 Sin embargo, la distancia entre estos manifiestos programáticos y la producción historiográficaes grande y el mare de las investigaciones que quedan por hacer sigue siendo magnum.La herencia de los annalesSi se entiende nuevo como reciente, de joven edad, no cabe duda entonces que la historia ambiental es un campo novedoso. Sin embargo, la evaluación se matiza si se mira al contenido y se descompone ese binomio de historia + medio. Sería ingenuo sostener que hay algún verdadero descubrimiento en apuntar a la importancia del entorno físico para lahistoria del hombre.Desde su fundación en 1929 por March Bloch y Lucien Febvre, los annales han revolucionado el modo de concebir y hacer historia, borrando falsas fronteras entre la historia y la geografía. De la escuela de los annales y en especial de Fernand Braudel, generaciones de historiadores han aprendido la importancia de la larga duración y de la cultura material, del clima y de la comida, de los métodos agrícolas y de la construcción de los espacios, entre otros. El legado de los annales y la importancia de sus planteamientos como matriz cultural y metodológica para la historia ambiental es quizá de las pocas cuestiones que no genera debate entre los historiadores, cualesquiera sea su pertenencia culturaly nacional.12¿Es entonces la historia ambiental igual en esencia a lo que otros hijos, o nietos, de los annalistas prefieren llamar la “geohistoria”, como en el titulo del ensayo del chileno Pedro Cunill?13 Lo sería, si en su génesis no entrara una segunda componente fundamental: la ecología.La ecología como matriz de la historia ambientalEn 1866 el zoólogo alemán Ernst Haeckel acuñó la palabra “ecología”, que con “economía” comparte la misma raíz griega oikoV, el hogar. No fue sino algunas décadas más tarde que la ecología se desarrolló como ciencia autónoma, o sea como “el estudio de las relaciones entre organismos y entre estos y su ambiente abiótico”.14La ecología – el nombre y la ciencia – tuvo un impacto social y cultural que encuentra pocos paralelos con otra ciencia, humana o natural, como lo indica el historiador Donald Worster. De los estímulos generados por la ecología germinaron movimientos políticos como el ecologismo y movimientos filosóficos como la ecología profunda. Parafrasando a Worster, sería audaz imaginar a un movimiento político que se inspirara en la lingüística comparada o en la paleontología avanzada, y más atrevido aun imaginar un movimiento filosófico que se llamara literatura polaca profunda o entomología profunda.15La historia no se ha eximido de la influencia que la ecología ha ejercido en el lenguaje, las formas de concebir las relaciones entre los seres humanos y los elementos bióticos y abióticos que conforman el planeta Tierra, las metodologías adoptadas para investigar esas relaciones. De la influencia de la lección de la ecología, que no hubiera tenido vehículo de transmisión sin la sensibilidad forjada en los historiadores por las enseñanzas de los annales, ha resultado finalmente la historia ambiental.La ecología ha proporcionado sobre todo un concepto fundamental que obliga a un replanteamiento radical de la posición del hombre en la historia y en la Tierra: el de ecosistema. A pesar de las evoluciones de la palabra y de la crisis que la ecología como ciencia ha vivido, pasando del modelo de equilibrio vislumbrado por Eugene Odum en 196316 a uno dominado por el caos, o mejor dicho, por el continuo desequilibrio,17 el concepto de ecosistema y su valor heurístico para la historia sigue incuestionado. El historiador alemán Peter Sieferle es explícito al respecto:El desafío más relevante de la historia ambiental es un cambio de punto de vista: del antropocentrismo al concepto de ecosistema. El término ecosistema (…) permite el uso de modelos de explicación desarrollados por la teoría general de los sistemas para comprender el proceso complejo de la vida.18Bajo esta mirada y retomando la definición mencionada al comienzo de este ensayo, la historia ambiental trata entonces de conocer cómo los humanos han sido afectados por el medio ambiente a través del tiempo, pero también cómo ellos mismos han afectado al medio ambiente y con cuáles resultados. La naturaleza asume consecuentemente el papel de socio cooperante y deja de ser “el contenedor frágil y vulnerado de la presión antrópica, el inerte telón de fondo sobre el que destacan las maravillosas gestas de los hombres”, en palabras del historiador italiano Piero Bevilacqua.19La visión ecosistémica, donde por ecosistema se entiende una “entidad colectiva de plantas y animales que interactúan los unos con los otros y con el ambiente abiótico en un lugar dado”,20 justifica la percepción de la historia ambiental como una historia global, o también holística: una historia que cumpla con nuestro innato deseo de comprender, más que saber, como bien lo señalaba March Bloch.21Aunque la percepción es probablemente correcta, y sin duda entusiasma el vértigo de altura de la comprensión holística, los intentos de alcanzar esas dimensiones globales de las relaciones entre hombre y medio ambiente en el tiempo a menudo han obtenido muy poco, quedándose en palabras altisonantes e ideas desbandadas. Quizá una razón pueda estar en que muchas veces la historia ambiental, por lo menos en sus comienzos, es practicada por todos excepto que por historiadores. En Estados Unidos y Gran Bretaña fueron geógrafos, politólogos y ecólogos vegetales, en América Latina sociólogos, enColombia abogados, geógrafos y economistas quienes primeros se inmersaron en el campo de la historia ambiental.En sí, no hay ninguna razón intrínseca para detener la marcha de otros estudiosos: ni la historia es la provincia de los historiadores, ni la historia ambiental es un jardín privado con acceso vedado a los que no tengan título académico apropiado. Sin embargo, la abdicación de los historiadores hacia el medio ambiente y la “ocupación” de ese espacio porparte de otros estudiosos indica la existencia de una inquietud a la que los historiadores no están respondiendo, con consecuencias que llegan a ser sensibles.Por un lado, lo que sale publicado muchas veces sufre de falacias o generalizaciones simplistas que una colaboración y una presencia más activa de los historiadores podrían fácilmente evitar. La ingenuidad que puede caracterizar tales escritos no difiere, por cierto, de la de muchos historiadores cuando exploran campos en los que no tienen conocimientos especializados, y es en general el peligro más frecuente para los que se aventuran por veredas interdisciplinarias.El punto es que, al no cumplir con los requerimientos básicos de una disciplina – la historia – que tiene un estatuto científico codificado y consolidado, y unos patrones establecidos para la presentación de resultados y evidencias, estos textos quedan en desventaja respecto a la posibilidad de encontrar interlocutores entre los historiadores.Por otro lado, las historias ambientales escritas por ecólogos históricos o en general científicos naturales tienden a ser páginas sin huella humana, ni rastro de interacción social, y con escasa apreciación del papel de la cultura como actor histórico, como lo denunciaba Linda Merricks en 1996.22 Es evidente que, si la tarea de la historia y el interés de sus estudiosos es conocer al hombre en sus interrelaciones, una historia desprovista de su contenido antrópico se queda distante y por lo tanto desapercibida por los historiadores. La tendencia opuesta a las historias globales y ecosistémicas parece haber sido igualmentede escaso alcance y finalmente incapaz de superar las barreras del particularismo. Buscar refugio en una microhistoria local, puntual y exclusivamente descriptivo-narrativa, como por ejemplo ha ocurrido en la historia ambiental norteamericana23 equivale a encerrarse en una cueva desde la cual el mundo – la comprensión del complejo desarrollo de las relaciones entre hombre y medio ambiente en el tiempo – no es visible y menos aún lo es el interior de la cueva para el resto del mundo. No se quiera leer aquí una condena de la microhistoria y de sus posibilidades de proveer miradas universalistas. Carlo Ginzburgha mostrado con extraordinaria eficacia cuántas migas de universalismo puede contener una historia sin duda microscópica, la de “Domenico Scandella, detto Menocchio”, molinero de Monreale, pueblito en el norte de Italia en el siglo XVI.24El esfuerzo para los historiadores ambientales consiste precisamente en esto. Buscar lo universal en lo particular, desvelar la relación de las sociedades con los ecosistemas a partir de las microhistorias de la contaminación del arroyo x por la fábrica y, o en la del agotamiento del área marina “por la sobreexplotación de la pesquería”.A la luz de estas consideraciones, cabe finalmente preguntarse cuál es entonces el nivel de enfoque más oportuno para no quedarse atrapados entre los vuelos de altura olímpicos y una histoire evenementielle25 del medio ambiente.”En media stat virtus” (la virtud está en el medio), decía Ciceron. El ya mencionado Radkau tampoco duda en afirmar que se necesita un estado intermedio y una periodización más refinada, elaborados a partir de la investigación empírica.26 Es en la práctica historiográfica, ya no en los manifiestos programáticos, donde la historia ambiental tiene que demostrar su originalidad, su valor agregado y su derecho a existir. Y la práctica del oficio del historiador pasa de necesidad por laselección, interpretación y manejo de las fuentes.Sin pretender compilar una guía exhaustiva, en las líneas que siguen se aborda el tema del material y las técnicas de construcción de las historias ambientales, así como se han venido utilizando y a veces inventando en la literatura publicada y con referencia implícita a América Latina, por ser la región que en particular nos interesa.La cuestión de las fuentes y de la metodologíaLas fuentes de la historia ambiental son unas herramientas multiformes y aptas para varios usos. Algunas -o muchas- les son conocidas a los historiadores, aunque el cuidado y la manera de interpretarlas pueden ser novedosos. Otras corresponden a instrumentos de otras ciencias, sobre todo de las ciencias naturales, de las cuales la historia ambientalnecesita apropiarse y aprender a utilizar.De la primera categoría -las fuentes tradicionales para el historiador- hacen parte los relatos de viajeros, exploradores y primeros naturalistas. Se trata, como es fácil imaginarlo, de documentos útiles para reconstruir los cambios medioambientales y entender cómo funcionaba el medio ambiente y sus relaciones con las comunidades humanas en elpasado. Su uso presenta muchas ventajas. En primer lugar son fuentes normalmente accesibles en bibliotecas y a menudo hasta publicadas y en venta en librerías, con lo cual no requieren de largas y dispendiosas sesionesde lectura en archivos ni de conocimientos de paleografía. En segundo lugar, se presentan en forma narrativa, por lo cual no requieren de destrezas especiales – como es el caso de los registros de bautizos y matrimonios para la historia demográfica, por ejemplo – para leerlos y utilizarlos, aunque sí para interrogarlos. Finalmente, al tratarse la mayoría de las veces de fuentes conocidas y usadas por la historiografía, a menudo puede contarse con una estratificación de estudios que ayudan a contextualizar la fuente, conocer su autor, matizar su contenido.También conocidos por los historiadores son los fondos de los archivos nacionales que reúnen los documentos relacionados con cuestiones de tierra. La categoría es evidentemente vastísima y, dependiendo del país y de la época a la cual se refieren, pueden contenerfuentes de tipo catastral, adquisiciones de baldíos, ejidos y resguardos indígenas, ventas y concesiones por parte del Estado, etc. Como en el caso de los relatos de viajeros y en los informes de los primeros geógrafos, antropólogos y naturalistas, también se trata de fuentes valiosas y a menudo únicas para conocer el medio ambiente en el pasado y la forma en que las sociedades del tiempo se relacionaban con él.William Cronon, sin embargo, advierte que, en el caso de ambas tipologías de fuentes, siempre se trata de representaciones, que reflejan la cultura, los intereses, la capacidad o la voluntad de “ver” de quien escribe.27 Esto implica la existencia, por ejemplo, de un problema de definición y de silencios. Si bien estos tipos de documentos refieren cuidadosamente acerca de un tema crucial como la tenencia de la tierra, lo hacen mucho menos respecto a un capítulo de importancia aún más capital para el historiador ambiental: el uso de la tierra. Cuando se hace alguna referencia a cómo y cuándo los suelos eran cultivados y los bosque talados, y por parte de quién, el dato no puede ser adquirido sinantes ponderarlo con la pertenencia cultural de quien lo proporciona. Para decirlo con un ejemplo, en la América colonial los españoles (blancos y urbanos) no entendían el barbecho y a menudo lo clasificaban como bosque. El monte, por otro lado, es muchas veces una categoría fiscal o del derecho privado, no una definición botánica. Igualmente se podría citar el caso de la Inglaterra de la Edad Media, donde la clasificación de un terreno como forest permitía que a esto se aplicara la forest law, que garantizaba un control estrecho sobre los derechos de caza y de uso de la tierra. Un segundo grupo de fuentes son los documentos legislativos, reglamentos y decretos. Dos ejemplos muy distintos en cuanto a ubicación geográfica y período ilustran las posibilidades que arroja el fundamentar un estudio histórico-ambiental en fuentes jurídicas. Por un lado, un grupo de historiadores españoles ha logrado desbrozar los prolegómenos de una política ilustrada de conservación y gestión del bosque en las colonias hispanoamericanas a través de un estudio sistemático de la política forestal de la corona durante el siglo XVIII.28 En otro tiempo -las décadas de 1920 y de 1930 -y en otra latitud, Italia, Andrea Saba ha investigado en cambio la relación del régimen fascista con los recursos naturales, esencialmente con base en la producción legislativa.29 También en este caso vale la advertencia que las fuentes jurídicas igualmente presentan sus ambigüedades, ya que no se puede saber a priori si una ley de protección ambiental expresa una transformación ambiental o más bien la anticipa. Por ejemplo, ¿una ley de prohibición de tala de un bosque refleja necesariamente una situación de escasez de madera? La respuesta tiene que sercautelosa, porque cabría investigar la miríada de razones alternativas que podrían haber impulsado el legislador: la defensa de intereses particulares, la protección no de la madera del bosque, sino de los manantiales custodiados por el bosque, quizá la preservación de alguna calidad mística atribuida a ese bosque.Hasta aquí se han citado fuentes tradicionales históricas, a las que habría que añadir las fuentes comunes de la historia económica. Los libros de cuentas de haciendas y fábricas proporcionan informaciones valiosas por ejemplo sobre el manejo de los recursos naturales y los mecanismos de su evaluación y contabilización, pero también datos de contaminaciónambiental, de meteorología y cambios de condiciones medioambientales.En el plano de las ideas de la naturaleza, cabrían mencionar las representaciones iconográficas como fuentes para una historia de cómo distintas sociedades y grupos humanos han percibido la naturaleza. El historiador británico Simon Schama ha producido un libro sobresaliente al respecto, que debería encontrar un editor en castellano.30 Aunque necesarias, estas tipologías de fuentes que definimos “tradicionales” nunca son suficientes para reconstruir las estructuras y la distribución de los ambientes naturales en el pasado, el escenario inicial que los científicos ambientales llaman la baseline. Para lograrlo,el historiador ambiental, pues, se ve forzado a salir de las bibliotecas y de los archivos para ir a encontrar fuentes heterodoxas tomándolas en préstamo de la paleoecología, de la geografía histórica, de la arqueología, de la ecología histórica, de las ciencias forestales, de la agronomía, de la palinología.Para poner un ejemplo, a través del análisis del polen contenido en suelos y sedimentos, el historiador ambiental puede comparar las información así obtenidas acerca de cambios climáticos e influencia de actividad humana en la historia vegetal de esta área con otras pruebas documentales, por ejemplo, los registros parroquiales o las tempranas crónicas coloniales, para llegar a conclusiones consistentes acerca de los sistemas agrícolas practicados de tiempos remotos, y de aquí de la presión demográfica.31En otros casos, el análisis de los anillos de los árboles permite establecer su antigüedad y por lo tanto la edad del bosque, su manipulación, en fin, la relación entre los recursos forestales y las comunidades humanas. Otra fuente importante es la presencia de carbón fósil (el C14). A pesar de las dificultades de interpretación,32 se trata de un indicador importantede presencia humana en el pasado de ese medio ambiente y demuestra los cambios de frecuencia de incendios de origen antrópico.Por qué es tan necesarios llegar a reconstruir un cuadro verosímil de las condiciones del medio ambiente antes o en el momento mismo en el que tuvo lugar el fenómeno objeto de estudio (sea este el comienzo de una nueva fase económica, la decadencia demográfica de una ciudad, la pérdida de poder de algún señorío local, la recepción de nuevas técnicasy saberes científicos), lo muestra la misma historiografía ambiental y la originalidad de sus resultados. Para limitarse a uno de los libros más exitosos que concierne a América Latina, vale citar a Elinor Melville y su Plaga de ovejas. La historiadora demuestra cómo la introducción del pastoralismo – algo distinto que la sola introducción de ungulados, temaconocido a los biólogos – en el altiplano central mexicano en el siglo XVI contribuyó a la conquista biológica del Nuevo Mundo a través de una profunda transformación del medio ambiente físico (del régimen de agua, de la calidad del suelo, de la tasa de erosión, de la composición vegetal de los bosques) y, en consecuencia, a través de un cambio fundamentalde los recursos naturales tradicionales de las comunidades indígenas.33Del radio de fuentes y metodologías de análisis que se ha tratado de esbozar es evidente que la historia ambiental tiene su potencial en la interdisciplinariedad y en el trabajo de equipo. Siendo imposible lograr una competencia especializada de alto nivel en disciplinas tan distintas como las que elaboran e interpretan estas tipologías de fuentes, el historiadorambiental no puede seguir la tradición ermitaña de sus colegas historiadores. Debe en cambio alimentarse de un trabajo de equipo integrado por geógrafos, cartógrafos, paleoecólogos, geólogos, biólogos entre otros, tratando de desarrollar un lenguaje común más allá de los tecnicismos de cada disciplina.34Para una historia ambiental de América Latina¿Cuál es el espacio y las posibilidades para una historia ambiental de América Latina?35 Y aún antes ¿porqué hacer historia ambiental en y de América Latina? Este segundo interrogante escasamente tendría vigencia en Europa o en Norteamérica, donde es débil la percepción de que elecciones individuales – tales como escoger una carrera universitaria,un tema de investigación, un trabajo de tesis – puedan tener algún tipo de impacto para la colectividad. La eventual respuesta por lo tanto caería con toda probabilidad en el marco de las preferencias personales: por diversión intelectual, por la esperanza de encontrar mayores posibilidades de empleo especializándose en un campo de modesta competencia,por interés individual, por misión cívica a la concientización ecológica, por disciplina ideológica.El caso parece ser distinto en los países latinoamericanos, y en Colombia por observación directa, donde el sentimiento de responsabilidad social de los que desempeñan actividades intelectuales es generalmente más difundido. Por esta razón, que tiene que ver a su vez con la historia del papel de los intelectuales en estas sociedades y con la brechademográfica y cultural entre la élite intelectual y el resto dela población, la pregunta habría que reformularla en “por qué investigar la historia ambiental de la región es socialmente y políticamente importante?”.El tema amerita un desarrollo mayor del que aquí es posible y oportuno, pero para no dejar sin respuesta tan difícil pregunta vale recordar que el medio ambiente ha entrado desde hace unos (pocos) años en las agendas políticas nacionales e internacionales. Los científicos naturales – expertos de clima, de suelos, de ecología vegetal, de geología, dezoología, etc. – han sido reclutados, por lo menos en el modelo ideal planteado por las leyes estatales y los acuerdos internacionales, para proporcionar a la clase política la información indispensable para la toma de decisiones.No será necesario advertir de lo lejano que la práctica dista de la teoría ni que la relación entre las decisiones de los políticos y las recomendaciones de los científicos es discontinua.También será superfluo recordar que estos últimos tampoco son ajenos a las condicionantes sociales y políticas que, de manera más o menos desapercibida, integran cualquier proceso de producción y socialización del conocimiento.El punto que aquí interesa es que el tema del medio ambiente, luego de una época en la cual fue dominio de las ciencias naturales, ha entrado a ser campo también de politólogos y, sobre todo, de economistas, una vez que ha sido puesto en evidencia su dramático eso en las cuentas económicas tanto de comunidades locales como nacionales.Lo que no ha cambiado, e inclusive se ha fortalecido, es la presentación de lo ambiental omo un “problema” del presente, que por lo tanto requiere “soluciones” nuevas y por inventar.Si es cierto que la magnitud y la rapidez de los cambios medioambientales del iglo XX no encuentran paralelos en ninguna otra época,36 no por esto la perspectiva presentista ebe imponerse como la más apta para enfrentar la crisis ambiental. Hacer historia mbiental en América Latina significa entonces trabajar para que las valoraciones que la sociedad contemporánea exprese y las medidas que tome acerca del medio ambiente tengan perspectiva histórica y sean concientes del marco de larga duración en el cual el problema ambiental, sus valoraciones y las decisiones al respecto están encajados.Hay un segundo orden de razones que debería impulsar a emprender estudios de historia ambiental. Comparada con otras áreas, América Latina es todavía un campo casi virgenen cuanto a investigaciones histórico-ambientales y apenas empieza a vislumbrarse un camino autónomo en el temario y en las aproximaciones teóricas.37 Sólo recientemente se han comenzado a publicar trabajos de solidez investigativa e interpretativa, que quizás marquen el inicio de una contratendencia respecto a la gran “narración a teleología negativa” que parecía caracterizar los primeros intentos de historia ambiental de América Latina. La expresión entre comillas pertenece a un historiador quien, al no aludir al caso latinoamericano, diagnostica sin embargo una tendencia compartida en varias latitudes. El autor es el ya citado Bevilacqua, quien resume en esas pocas palabras el núcleo de la crítica radical de la ecohistoria a la cultura histórica dominante.38 Vale la pena detenerse a seguir su planteamiento porque es una advertencia importante para un campo que apenas comienza como el de la historia ambiental de América Latina.La sociedad capitalista-industrial, dice Bevilacqua, tiende a observar los anteriores modosde producción desde la posición privilegiada de sus multiformes y sofisticados consumos, y de esa altura juzga inferiores y/o preparatorias a su triunfo todas las formaciones sociales que la precedieron. El modelo cultural que ha acompañado tal idea de superioridad es notoriamente la ideología progresista, que se expresa en una parábola ascendiente y positiva basada en el incremento constante de bienes materiales y niveles de bienestar general. Pero, en esta elaboración, el ideal progresista ha contribuido a encubrir el mecanismo de explotación no regenerable de los recursos sobre el cual el modo de produccióncapitalista se ha basado.Ahora, el modelo progresista es exactamente y paradójicamente el que con más desenvoltura tienden a aplicar los historiadores ambientales, aunque en su forma inversa. Cambiando el sentido de la parábola, terminan escribiendo historias regresivas e igualmente unilineares, siguiendo una fácil senda que va de “las culturas aborígenes a la crisisecológica actual”, como se titula la obra de Luis Vitale de 1983.39 La historia ambiental se reduce de esta forma a la narración de la pérdida del estado de gracia en un supuesto Edén dominado por relaciones harmónicas entre hombres y naturaleza,40 hasta el “Mad Max ecológico” que representaría nuestra contemporaneidad.A esta infructífera forma de entender la historia ambiental, que además radica y es expresión patente de la propia dicotomía entre naturaleza y cultura que la historia ambiental promete superar en sus proclamas, América Latina parece ser particularmente sensible.Quizá sea consecuencia del economicismo que ha permeado la comprensión de la historia latinoamericana. Y quizá sea también la respuesta que más se acomoda a paradigmas interpretativos de larga tradición, como el de la teoría de la dependencia que tanta fuerza ha tenido y sigue teniendo en la historiografía latinoamericana y latinoamericanista. Entodo caso el resultado es a menudo una especie de “teoría de los estadios de decadencia ambiental”, parafrasando la influencial teoría de Rostow de las etapas del crecimiento económico,41que de poco avanza la comprensión de las dinámicas locales y más bien depura la historia ambiental de toda su fuerza heurística. La pretensión, en cambio, no essencillamente la de añadir consideraciones o cálculos ambientales (o ambientalistas) a relatos con un guión ya conocido – poco importa si hablamos de la sucesión de modos de producción o de la expansión del modelo democrático, siendo ambos teleológicos. Lo que los historiadores ambientales reivindican es un giro fundamental, un cambio de mirada, depunto de vista, casi diríamos de paradigma, si el término no despertara susceptibilidades kuhnianas42: abandonar la unilinearidad economicista de la historia.¿Por dónde empezar?Son múltiples los temas que están al alcance de una mirada histórico-ambiental y que, al ser capítulos fundamentales de la historia de América Latina, necesitan una comprensión más profunda y compleja de la que se ha alcanzado hasta el momento. Entre ellos, el desarrollo de las economías de agroexportación que la mayoría de las regiones latinoamericanasvivieron a partir de la segunda mitad del siglo XIX es un tema que ha recibido mucha atención por parte de una nueva generación de historiadores ambientales.43 No es una casualidad. La fase histórica del llamado “desarrollo hacia afuera” cuenta con una tradición historiográfica (socio-económica, pero también política) sólida que proporciona no solamente el contexto, sino muchas veces los detalles de cómo y con qué consecuencias socio-económicas y políticas se vincularon las regiones latinoamericanas a la economía mundial a través de la exportación de sus recursos naturales. Además, la popularidad del tema entre distintas escuelas historiográficas – o más explícitamente ideológicas- ofrece un variado menú de interpretaciones capaz de satisfacer a los paladares más sofisticados.44La detectable predilección de la historia ambiental por los temas de la agroexportación y del extractivismo también se explica por la accesibilidad de una gran cantidad y calidad de fuentes primarias. La exportación de recursos naturales tales como carne, petróleo, café, quina, tabaco, bananas o guano implica la existencia de registros aduaneros, informes comerciales de funcionarios diplomáticos extranjeros, hojas comerciales de los barcos que trasladaban los productos, cuadros estadísticos compilados por las compañías, correspondencia epistolar entre los dueños de las empresas de producción y sus administradores.Además, habría que recordar que la fase económica del boom exportador coincidió con una fase importante de consolidación de las estructuras estatales, o de state-building. Eso implica que es solamente a partir de estos años que el historiador ambiental cuenta en la caja de herramientas de su profesión también con la plétora de informes, datos puntualesy recopilaciones compilados por los varios institutos nacionales de geografía, meteorología, geología, las oficinas de desarrollo agrícola y las secciones de estadística de estados que empezaban apenas a conocer su territorio.Bajo esta perspectiva, la lotería de bienes de la que hablan los historiadores económicos al referirse a la variabilidad de consecuencias producidas en las estructuras económicas del país productor por la simple diferencia entre los productos a exportar (la capacidad de la carne argentina de generar un proceso industrial, frente a la incapacidad del los bananoshondureños de activar una cadena de procesos económicos más allá de la producción de los racimos y su transporte),45 también tiene relevancia ecohistórica.Concretamente, al dejar huellas distintas que los investigadores logren utilizar como fuentes primarias, decretaría la posibilidad misma de hacer historia ambiental.Finalmente, desde un punto de vista más teórico, focalizar la agroexportación y el extractivismo de los siglos XIX y XX es enteramente apropiado para una historia ambiental de América Latina, si se acepta que estas fueron las décadas de surgimiento de un modo de producción capitalista en el continente y que este último ha sido el motor de los dramáticosy repentinos cambios ambientales modernos.46Estudios histórico-ambientales permitirían así entender cuáles han sido los costos ambientales de ciertas políticas y modelos económicos, y sugerir pues evaluaciones discrepantes de la que otras miradas han promovido. La introducción de la técnica de la amalgama, por ejemplo, es una innovación de la tecnología minera que marcó un paso adelante de la economía de extracción colonial, logrando un aumento sensible de la producción de plata. El análisis de los devastadores efectos en los ríos y en la cadena trófica, producidos por la dispersión del mercurio usado para provocar la separación del metalprecioso de las escorias de otros materiales, obliga sin embargo a una valoración algo matizada de un avance tan claro de la capacidad de generar aumentos de productividad.47Descubrir y computar los costos ambientales de la integración al mercado mundial de ciertos ecosistemas – la contaminación de La Oroya por las explotaciones mineras de la Cerro de Pasco en Perú, la simplificación de los ecosistemas cubanos por la conversión de los bosques en plantaciones azucareras, la degradación química y física de los suelos pampeanostransformados en graneros – es sin duda una tarea pendiente. Pero no es la única y tal vez ni siquiera la principal, si no se quiere caer en la narración regresiva o en quedar de meras auxiliares de la historia económica.La misión de la historia ambiental en el estudio de cómo los países latinoamericanos se estructuraron en economías (y sociedades) de exportación de materias primas para el mercado mundial es principalmente otra: Reconocer el papel activo de los ecosistemas locales en determinar las formas, los tiempos y las posibilidades de la agroexportación y dela extracción. Si se recuerda la definición de ecosistema mencionada al comienzo de este ensayo, también se intuirá el prisma multifacético de una historia así concebida, en la cual, en la medida de lo posible, encontrarán igual audiencia los empresarios de la United Fruit Company y el fusarium, el nitrógeno y Juan Valdéz, la hevea brasilianensis y loscaboclos, Humboldt y las lluvias del invierno tropical, los contrabandistas y las caobas, las fallas geológicas y las fallas humanas.